La fragilidad de la democracia

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22 de marzo, 2018 | Por: Liliana Alvarado

Según las últimas cifras del Latinobarómetro, en México poco menos de 1 de cada 5 ciudadanos se encuentra satisfecho con la democracia.

 

Las nuevas generaciones en México han experimentado únicamente un régimen político: la democracia; sin embargo, hay quienes todavía recuerdan épocas en donde el control gubernamental de las elecciones era notable, por lo que el valor de cada voto era relativo. Actualmente, sobrevive una concepción generalizada en el mundo de que la  democracia es deseable. Lo anterior, debido a una serie de preceptos que la acompañan como la tolerancia, el respeto a los derechos humanos y a las instituciones, la transparencia y rendición de cuentas, procesos de elección libres, y la impartición de justicia entre otros.

No obstante, el aprecio por los regímenes democráticos parece ir a la baja. De acuerdo con Roberto Stefan Foa y Yascha Mounk, se ha presentado un desencanto con la democracia, incluso en países como el Reino Unido y Estados Unidos. En el ámbito internacional, la decepción es más notoria entre los jóvenes, quienes cada vez  consideran menos esencial vivir en democracia. Esta afirmación se suma a otras que dan cuenta de que este régimen le ha fallado a más de uno. Ello se debe a que en varios países las instituciones democráticas no han logrado resolver problemas básicos asociados a la libertad o la equidad. Igualmente, hay un rechazo creciente hacia los partidos políticos, el poder legislativo y las instituciones liberales entre otros.

En ciertos países, la alternativa a un régimen democrático ha sido uno autoritario, como es el caso de Venezuela. Este ejemplo deja ver cómo en un período relativamente corto, la democracia se revirtió, dando paso a la represión, a la ausencia de libertades, a la violación de los derechos humanos, etc. Venezuela no es el único país que ha experimentado un cambio de régimen. La decepción de las sociedades con los regímenes democráticos es tal que se acaba optando por cambios radicales y la elección de líderes mesiánicos que aprovechan el descontento para acceder al poder.

Las próximas elecciones en México son de suma importancia, no solo por la cantidad de puestos a elección popular que están en juego, también porque en este país existe un enojo latente con la clase política debido al escalamiento de problemas tales como la corrupción, la inseguridad, la falta de empleo, la pobreza, entre muchos otros. Este escenario es idóneo para quienes promueven un cambio de timón. El riesgo está en asociar el cambio de timón con un cambio de régimen político. Si bien es cierto que el país tiene una serie de problemas en los ámbitos económico, político y social que no han sido resueltos, es relevante asumir que la “mano dura” o el autoritarismo no son la respuesta a dichos problemas.

Este año arrancó con una serie de iniciativas por parte de los sectores público y privado para promover el voto, específicamente entre los jóvenes que votarán por primera vez. De igual forma, otros proyectos que están por lanzarse se enfocarán en difundir y socializar el contenido de las propuestas de los candidatos, así como en brindar información sobre la trayectoria de los mismos.

A pesar de lo anterior, me pregunto si los esfuerzos deben enfocarse en impulsar la participación ciudadana el día de las elecciones, o bien en promover los beneficios de la democracia. En el mejor de los escenarios los esfuerzos abarcarían ambos objetivos, no obstante, los recursos económicos y físicos suelen ser limitados.

Según las últimas cifras del Latinobarómetro, en México poco menos de 1 de cada 5 ciudadanos se encuentra satisfecho con la democracia. Además, conforme al Pew Research Center, el 93% de los mexicanos están en desacuerdo con el funcionamiento de la democracia. Hasta cierto punto, estas cifras dejan ver la fragilidad de la democracia en el país. El riesgo de pasar por alto los datos es que con el paso del tiempo vayan aumentando y llegue un punto en el que sea demasiado difícil revertir el descontento con el régimen democrático actual.

En este sentido, la apuesta debería ser con la propia democracia y no únicamente con un elemento de la misma. Si no logramos aumentar la afinidad de los ciudadanos con la democracia, es posible que se revierta un proceso que, aunque imperfecto, le ha costado a los mexicanos y a sus instituciones varias décadas.

Publicado en: Ruiz-Healy Times